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Un nuevo mes expira queridos lectores, si se me permite marcado por los luctuosos y convulsos acontecimientos acaecidos en las últimas semanas a lo largo y ancho del globo. Bamako, Beirut, Damasco o París han sido víctimas de terribles episodios de violencia que han suscitado numerosas y contrapuestas reacciones, tanto a nivel nacional como internacional. Mientras asistimos consternados a la encrucijada acción-reacción, desde nuestro pequeño rincón os proponemos aproximarnos a un momento histórico igualmente cambiante y agitado, el siglo V, a través del testimonio de uno de sus principales testigos y relatores del mismo: Prisco paniota. Así pues, desde la perspectiva de sus palabras, además de presentaros a una notable e interesante figura que inaugura otra de nuestras secciones, pretendemos introducir una serie de elementos que, quizás, puedan inducir a ciertas reflexiones que sean de utilidad en el momento actual. ¿Os unís a nosotros en este nuevo viaje?

1) Prisco y su época: un hombre del siglo V

Desafortunadamente para el moderno historiador, los datos de los cuales solemos disponer para conocer la vida y circunstancias personales de la mayoría de autores bizantinos, salvo excepciones, suelen ser escasos y fundamentalmente derivados de sus propias obras. El caso que nos ocupa podría ser considerado una de ellas, pues gracias a la información contenida en la Σοῦδα [Soũda], una obra igualmente bizantina de carácter enciclopédico que data del siglo X, conocemos bastantes datos acerca de su coyuntura vital. Así pues, nuestro protagonista nació en la localidad tracia de Panion (Rumelifeneri, Turquía), situada en la convergencia entre el Estrecho del Bósforo y el Mar Negro, a pocos kilómetros al Norte de la capital imperial, entre los años 410 y 420; por lo tanto, durante el reinado del emperador Teodosio II (408-450). Nada sabemos acerca de su familia, si bien debió de ser lo suficientemente acomodada como para costearle una buena educación, probablemente en la propia Constantinopla, en retórica, filosofía y leyes; desempeñando posteriormente el oficio de abogado. Posiblemente a causa de su talento pronto atrajo la amistad del Comes Maximino, una figura que la historiografía vincula, no de forma unánime, con el homónimo que participó en la comisión de a cuatro encargada de compilar el Código Teodosiano a partir del año 429[1]. De ser así, bien pudo Prisco haberle servido como asistente en dicha tarea, o bien posteriormente haber entrado a su servicio en una de las scrinia (oficinas) a su cargo como magister scrinii dispositonum (uno de los secretarios de mayor rango en la corte imperial, encargado de informar y asesorar al emperador en cuestiones relativas a la impartición de justicia). Sea como fuere lo cierto es que su amigo Maximino le pidió en el año 449 que formase parte del séquito de la embajada que el emperador le había encomendado ante la corte de Atila, rey de los hunos.

Para comprender y valorar la trascendencia de dicha misión es necesario echar un breve vistazo a la situación, tanto interna como externa, del Imperio en esos momentos. El reinado de Teodosio II comenzó de forma súbita en el año 408 cuando su padre, el emperador Arcadio (395-408), falleció repentinamente, dejando como sucesor a un niño de apenas siete años. A pesar de contar con la fidelidad del praefectus praetorii (el principal cargo civil que podía ostentarse dentro de la Administración) Antemio y el compromiso de tutela del Shāhanshāh (Rey de reyes) persa Yezdegard I (399-421), la inestabilidad existente en el corte era manifiesta debido tanto a su minoría de edad como a la creciente acción al sur del Danubio de una antigua amenaza: los hunos. La Confederación huna había llegado al extremo noroccidental de la estepa póntica (más o menos el área equivalente a la Ucrania actual) en torno a la década de los 70 del siglo IV, provocando toda una serie de movimientos poblacionales al norte del Danubio que desembocaron en un conflicto abierto entre una confederación al mando de los godos y Constantinopla que terminó con una aplastante derrota de las tropas imperiales en la Batalla de Adrianopolis (Edirne, Turquía) en agosto del año 378, falleciendo incluso en la misma el emperador Valente (364-378). Las consecuencias de dicho desastre todavía se arrastraban cuando los hunos decidieron iniciar una serie de campañas predatorias en la actual península balcánica durante la primera década del siglo V al mando de Uldin; lo cual propició, además de toda una serie de necesarias reformas militares y administrativas en dicho ámbito, la construcción de uno de los sistemas defensivos más efectivos y que durante más siglos han permanecido inexpugnables en la historia de la humanidad: las murallas teodosianas.

Invasion of the Barbarians or The Huns approaching Rome - Color Painting

Entrada de los hunos en Roma, por  el pintor madrileño José Ulpiano Checa (1887). (Fuente: Wikipedia).

Conjurado momentáneamente el peligro huno Pulqueria, hermana del emperador y devotamente religiosa, se proclamó Augusta por un breve período (414-416) hasta que el propio Teodosio asumió finalmente la púrpura de forma efectiva en 416. Los hunos, que ahora se encontraban firmemente asentados en la cuenca panónica (correspondiente, grosso modo, con la actual Hungría), habían ido aglutinando bajo su dominio a toda una serie de populi (ostrogodos, gépidas, rugios, escitas, sármatas, etc.) que, bajo la fórmula de una monarquía dual (generalmente formada por dos hermanos) y apoyados en su extraordinaria capacidad militar (su arma más letal era su caballería, equipada con el formidable arco compuesto), habían formado una poderosa confederación capaz de pujar con Constantinopla por el dominio de los Balcanes. La presión huna fue creciente durante las décadas de los 20 y de los 30, cuando bajo el reinado de Octar-Ruas (ca. 420-434) fueron capaces de extraer crecientes cantidades de oro de un Imperio romano de Oriente enfrascado ahora en otros conflictos contra los Sasánidas y los Vándalos en el Norte de África. El punto culminante por lo que respecta al predominio huno en los Balcanes llegó durante la década de los 40, ya con Bleda (ca. 434 – ca. 445) y Atila (ca. 434-453) como soberanos. Su primer paso fue extraer un subsidio de 700 libras de oro mediante el conocido como Tratado de Margus (Požarevac, Serbia) del año 435; aumentado hasta 2.100 tras la conclusión de la Paz de Anatolio del año 448. En el ínterin los hunos habían llevado dos campañas de catastróficas consecuencias para el dominio imperial al Sur del Danubio durante los años 441 y 447/8 y Atila había asesinado a su hermano y se había proclamado gobernante en solitario de la Confederación huna ca. 445. En estas circunstancias, y tras recibir Teodosio una embajada del propio Atila demandando el pago inmediato de lo pactado anteriormente así como la vuelta de toda una serie de opositores que habían sido acogidos por el gobierno imperial, el emperador decidió enviar a Maximino, acompañado por Prisco, ante la corte huna.

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La península balcánica en época de Atila. En sombreado se muestran las áreas afectadas por sus campañas y en rojo las ciudades saqueadas. La línea roja representa la división entre ambos imperios. (Fuente: Cambridge Ancient History, vol. XIV).

2) La embajada ante la corte de Atila (ca. 448/9)

Maximino debía comparecer ante la corte huna debido a que su soberano, debido a su extraordinaria posición de fuerza, reconocida de iure en virtud del acuerdo firmado anteriormente, exigía entrevistarse tan solo con aquellos legados del máximo rango; una prueba que, además de constituir un caso excepcional debido al tratamiento diplomático de igualdad que se le reconoce a la Confederación huna mediante la concesión de dicha demanda, nos habla de la importancia que para Constantinopla implicaba la amenaza de Atila. En el mismo sentido podría interpretarse el plan que habían urdido previamente el emperador, su eunuco Crisalpio y Vigilas, intérprete y acompañante tanto de Maximino como de Prisco durante la embajada, para asesinar a Atila en el transcurso de la legación; una estratagema de la que el legado huno, Edeco, estaba al tanto, si bien nuestros dos principales protagonistas eran totalmente ajenos. La misión partió de Constantinopla, dirigiéndose a través de la Via Militaris hasta Serdica (Sofía, Bulgaria), donde efectuaron un alto antes de continuar hasta Naissus (Niš, Serbia), una ciudad en la que pudieron comprobar de primera mano los terribles efectos causados por las campañas de Atila. Desde allí tomaron una ruta secundaria hasta el Danubio, el punto fronterizo (al menos en teoría) entre el Imperio y el Barbaricum, cruzándolo en canoas y dirigiéndose hacia el campamento de Atila, situado en algún lugar indeterminado de la actual llanura húngara (o Gran Alföld), probablemente en la margen derecha del río Tisa.

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Posible itinerario seguido por la legación de de Maximino y Prisco. (Fuente: http://world-news-research.com/).

Una vez allí, y antes de que se les concediese audiencia con Atila, sus subordinados, contraviniendo el protocolo probablemente a causa de tener constancia del complot existente contra su soberano, demandaron explicaciones a Maximino acerca del propósito de su viaje, una información que se negó a darles puesto que sus órdenes eran comparecer ante el monarca huno. Atila se negó igualmente a recibirles y a punto estuvo de fracasar la misión de no ser por la iniciativa de Prisco quien, con la ayuda del intérprete Rusticio, se aproximó a uno de ellos de nombre Scottas y se lo ganó con promesas de presentes; una costumbre, por otra parte, protocolaria en el desempeño de negociaciones diplomáticas. Al día siguiente fueron recibidos en la tienda de Atila, quien, tras escuchar las palabas de Maximino, reaccionó violentamente a la presencia de Vigilas, utilizando así uno de los recursos dialécticos que más frutos le habían dado hasta la fecha: la intimidación. Tras mantener una fuerte discusión, hecho en absoluto habitual en la práctica diplomática, le ordenó regresar a Constantinopla y traer a los refugiados tal y como se había pactado anteriormente, mientras Maximino y Prisco fueron invitados a permanecer en la corte hasta que Vigilas regresase de nuevo. Mientras preparaba su partida junto a Eslas, el diplomático que Atila había nombrado como embajador ante Teodosio II, se les prohibió comprar cualquier tipo de bien que no fuese comida, otra circunstancia excepcional que probablemente nos habla de que los hunos estaban al corriente de las intenciones secretas de parte de la legación romana.

Sin estar al corriente todavía, Maximino y Prisco partieron junto a Atila en un largo viaje por sus dominios septentrionales. Durante el mismo tuvieron ocasión de conocer de primera mano tanto la hospitalidad de los hunos y sus costumbres de vida -entre las cuales, además de agasajarles con comida, se encontraba un presente en forma de mujeres, que Prisco señala rechazaron-; así como los riesgos del camino, pues una tormenta destruyó la tienda en la que dormían y tuvieron que recuperar su equipaje de un lago cercano. Poco antes de llegar a lo que se describe como «cuartel general» de Atila -en algún lugar al Este del río Tisza, en la Hungría actual-, donde incluso uno de sus súbditos más prominentes, Onegesio, se había hecho construir incluso unas termas en piedra, coincidieron con una embajada procedente de Rávena, sede de la corte del emperador occidental Valentiniano III (425-455). Tras llegar a este lugar, además de charlar con sus homónimos occidentales mientras aguardaban órdenes de Atila, Prisco, paseando por las cercanías de su palacio se encontró con un compatriota que le saludó, para su sorpresa, en griego, una prueba del carácter multicultural de la Confederación huna. En un episodio de cuya veracidad se duda entre la moderna historiografía, nuestro protagonista pone en boca de este comerciante ilirio, utilizando el recurso del diálogo, una pieza única de criticismo no solo para con el régimen de Teodosio II, sino también para con la sociedad romana oriental hacia temas tan trascendentales como la esclavitud, la libertad del individuo o los preceptos morales que deberían guiar a dicha sociedad; contraponiendo así la típica y prejuiciosa imagen ofrecida por las fuentes romanas de Imperio = virtud.

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El Banquete de Atila, por el pinto húngaro Mór Than (1870). Prisco aparece representado en la esquina inferior derecha, de blanco, sosteniendo su obra.(Fuente: Wikipedia).

Posteriormente Prisco regresó a sus labores como asistente de Maximino en las sucesivas entrevistas que mantuvo con uno de los principales colaboradores de Atila, Onegesio, a quien hizo entrega de numerosos y protocolarios presentes, así como con una de las esposas de Atila, Hereka, a quien el propio Prisco hizo entrega de los dones enviados por el emperador. En este punto las negociaciones volvieron a estancarse, pues Atila demandaba recibir la visita de una serie de embajadores -Nomo, Anatolio y Senator- que o bien habían dialogado con él previamente o eran los miembros más prominentes del Senado de Constantinopla; una petición que el soberano huno sabía no podía imponer pues la potestad de nombrar embajadores correspondía única y exclusivamente al emperador. Para limar asperezas Atila los invitó a ambos a un banquete en su tienda, donde Prisco da cuenta de los gustos gastronómicos de los hunos, así como del lugar que ocuparon ambos durante la celebración del mismo, un aspecto muy importante y de notable valor simbólico durante las recepciones diplomáticas. Debido a que las negociaciones no avanzaban y ambos protagonistas sabían que estaban siendo retenidos, demandaron ser enviados de vuelta a la capital; petición que les fue concedida tras deber asistir a otras dos cenas, una con la mujer de Atila –Hereka- y otro nuevo banquete en la corte huna. Tras redactar las cartas pertinentes al emperador por medio de un prisionero romano que cumplía las funciones de escribano y agasajados acorde al protocolo con presentes, partieron de vuelta hacia Constantinopla; trayecto en el cual pudieron fueron testigos de la aplicación de uno de los castigos físicos más severos que los hunos aplicaban a aquellos acusados de traición: el empalamiento. Dicha pena estuvo a punto de ser sufrida por Vigilas, el compañero de legación que había sido enviado de vuelta, cuando Atila descubrió el complot para asesinarle, si bien decidió enviarle de vuelta ante Teodosio junto con su oro en señal de deshonra[2].

3) Roma, Egipto y Constantinopla: aventuras tras el viaje

A pesar de no haber tenido un éxito rotundo en su viaje a la corte huna, Teodosio volvió a confiar en Maximino durante la primavera del año 450 para viajar a Isauria -región montañosa situada en la zona suroccidental de la península de Anatolia- con el propósito de intentar negociar con uno de sus principales generales, Zenón el isaurio. Para ello el recién nombrado embajador requirió nuevamente los servicios como asistente de nuestro protagonista, en una misión de carácter muy diferente si bien igualmente importante, ya que Constantinopla no podía permitirse el lujo de dejar estallar una rebelión en un momento todavía delicado con respecto a los hunos. Los rumores de un posible ataque de éstos últimos contra el Imperio de Occidente provocaron un brusco cambio de planes en su agenda, siendo enviados a Roma para comparecer ante Valentiniano III con el propósito de advertirle acerca de dicho riesgo. Ambos regresaron a Constantinopla durante la primavera del año siguiente (451), una vez Teodosio falleció tras caerse de su montura y su hermana Pulqueria se casó con Marciano, un matrimonio que selló la alianza política de ambos y a través del cual se convirtió en emperador -del 450 al 457-. Fue precisamente ese mismo año cuando los hunos avanzaron hacia la Galia, siendo frenados por una coalición de fuerzas lideradas por Flavio Aecio en la Batalla de los Campos Cataláunicos. El recién nombrado emperador también jugó un papel importante en dicho éxito, pues, contrariamente a la política «dialogante» que había caracterizado a su predecesor, Marciano se dedicó a romper los vínculos con los hunos y a hostigar su retaguardia.

A pesar de que la acción principal se encontraba en estos momentos el Occidente, Constantinopla tenía además sus propios problemas en Oriente. Así pues, la siguiente aventura en la que Prisco se embarcó a petición de Maximino fue Egipto, donde éste último fue enviado por Marciano para combatir a las tribus blemíes y nubades en la frontera con Nubia. Tras completar un tedioso viaje por tierra vía Damasco, ambos se reunieron con Ardabur, hijo del principal general del Imperio en esos momentos, Aspar, de cuyo gusto por el mimo y los juegos malabares deja constancia Prisco, además de su personal desaprobación. Ya en Egipto Maximino logró neutralizar la amenaza que para la zona meridional de dicha provincia romana implicaban las incursiones armadas de ambas tribus, logrando que ambas firmasen con el Imperio un tratado de paz para los siguientes cien años -una fecha excepcionalmente larga-. Sin embargo, su repentina muerte en 453 dio al traste con todos los esfuerzos, pues ambos reiniciaron sus actividades predatorias poco tiempo después, motivando que la zona meridional de Egipto fuese un área insegura y problemática durante las décadas siguientes[3].

Egipto

División administrativa y principales ciudades de Egipto durante el siglo V. (Fuente: Wikipedia).

Tras el fallecimiento de su amigo y jefe, Prisco decidió regresar a Constantinopla, navegando por el Nilo hasta Alejandría, donde se encontró con una ciudad sacudida por importantes disturbios a causa de la deposición del Patriarca Dioscorus. En ella se encontró con el sucesor de Maximino, Floro, quien a causa de los mismos se vio obligado a prohibir el reparto gratuito de grano y a cerrar termas y teatros. Sus partidarios monofisitas -herejía cristológica que defiende la existencia de una única naturaleza en Cristo, la divina, mientras que el credo niceno (doctrina oficial del Cristianismo en sus múltiples variantes) defiende la existencia de dos, humana y divina- no hicieron sino enconarse aún más a causa de dichas medidas, lo que provocó la intercesión de Prisco, quien aconsejó al propio Floro apaciguar los ánimos. Cuando éste decidió terminar con las medidas de excepción, Prisco partió hacia la capital imperial con una ciudad ya pacificada[4].

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Mapa de las principales herejías cristológicas existentes en el mundo romano a mediados del siglo V. (Fuente: https://sites.google.com/a/umich.edu/imladjov/maps).

Una vez en la urbs imperialis, Prisco pasó al servicio del Magister Officiorum -equivalente actual al Ministro de Exteriores- Eufemio, uno de los principales colaboradores del régimen de Marciano, una figura ciertamente valorada por nuestro protagonista. Tras el fallecimiento del emperador en 457 y ante los recelos con respecto a su sucesor, León I (457-474), Prisco decidió concluir sus servicios a la administración; si bien continuó viviendo en Constantinopla. Probablemente éste fue el momento en el que se dedicó a enseñar retórica, componer tratados, organizar su correspondencia y redactar su obra principal, su Historia.

4) Unos hechos para la posteridad: la Ἱστορία Βυζαντιακή

Prisco es descrito como un hombre inteligente, prudente y práctico en el ejercicio de sus funciones diplomáticas, así como astuto, sobrio y directo como escritor; tal y como atestiguan la ya aludida Soũda, así como los Excerpta de legationibus romanorum ad gentes et gentium ad romanos, una compilación de carácter anticuarista reunida por orden del emperador Constantino VII Porfirogéneta (913-920/945-959) que recoge los intercambios diplomáticos desarrollados entre Constantinopla y diversos poderes políticos durante los siglos precedentes. Desafortunadamente su obra, descrita como «Historia bizantina y acontecimientos durante el reinado de Atila en ocho volúmenes» o, simplemente «Historia Bizantina/Gótica» -denominación respectiva utilizada por las dos obras anteriormente citadas-, tan solo se conserva de forma fragmentaria actualmente, por lo que muchos detalles acerca de su organización y cronología tan solo pueden ser presupuestos. Los fragmentos conservados recogen los acontecimientos situados entre el advenimiento de Atila y Bleda al trono huno ca. 435 y el asesinato de los generales Ardabur y Aspar -anteriormente citados- a manos del emperador León I (457-474) en 471; si bien un fragmento posterior acerca de la coronación de Julio Nepote (474-475) también podría ser atribuible a nuestro protagonista.

Tal y como hemos señalado, su obra, perteneciente al género de lo que se conoce como historiografía clasicista, estaría compuesta originariamente por ocho libros en total; siendo la cronología que cada uno de ellos cubría objeto de debate actualmente entre los especialistas. Su griego, a pesar de imitar al de historiadores clásicos como Tucídides o Heródoto, es bastante más claro y directo, lo cual sin duda facilitó su lectura entre los círculos cortesanos y aristocráticos de Constantinopla, sin duda su principal público. Su interés fundamental, tal y como hemos tenido ocasión de observar, eran los hunos y las relaciones diplomáticas que el Imperio mantuvo con ellos durante el período que cubre su obra, en las cuales fue protagonista y parte destacada. En la misma no otorga el mismo tratamiento tampoco a todos los protagonistas de los que habla, siendo especialmente hostil contra Crisalpio y Teodosio II, no solo por su política excesivamente complaciente con los hunos a ojos de nuestro protagonista, sino debido al riesgo en el que ambos pusieron su vida y la de Maximino durante el desempeño de su misión ante la corte de Atila. A pesar de hablar también de la división social existente en Oriente a causa de las diversas corrientes cristianas, nada sabemos acerca de sus creencias; si bien tanto su silencio como, sobre todo, sus numerosos años de servicio en la administración imperial puedan constituir pruebas de la profesión del credo niceno, el oficial e imperante en Constantinopla en esos momentos.

Finalmente, la obra de Prisco constituye no solo un testimonio excepcional para poder valorar el devenir histórico del Imperio romano de Oriente durante el siglo V, especialmente desde la perspectiva histórico-diplomática, sino también una obra cargada de importantes y significativos detalles para valorar diversos aspectos de la sociedad romana y poder observar que algunos temas que actualmente están de rabiosa actualidad ya eran objeto de debate entre las gentes hace más de 1.500 años. Es por ello que si disponéis de tiempo y un nivel de inglés fluido os invitamos a leer las traducciones existentes de su obra, pues seguramente podáis descubrir más aspectos que os sean de utilidad e interés. El viaje no termina aquí, sino que acaba de comenzar.

Breve bibliografía (traducciones)

* Blockley, R. C., The Fragmentary Classicising Historians of the Later Roman Empire: Eunapius, Olympiodorus, Priscus and Malchus, Liverpool, Ed. Francis Cairns, 1983, 2 vols.

-en nuestra opinión, la mejor y más completa edición-

* Given, J., The Fragmentary History of Priscus : Attila, the Huns and the Roman Empire, AD 430-476, Merchanteville (NJ), Ed. Evolution Publishing, 2014.

Otras referencias

* Baldwin, B., «Priscus of Panium», en Byzantion 50, 1980, pp. 18-61.

* Blockley, R.C., «The development of Greek Historiogaphy: Priscus, Malchus and Candidus», en Marasco, G., Greek and Roman Historiography in Late Antiquity, Fourth to Sixth Century A.D., Leiden, Ed. Brill, 2003, pp. 289-315.

* Jin Kim, H., The Huns, Rome and the Birth of Europe, Cambridge, Ed. Cambridge University Press, 2013.

* Maas, M., The Cambridge Companion to the Age of Attila, Cambridge (MA), Ed. Cambridge University Press, 2015.

* Treadgold, W., The Early Byzantine Historians, Nueva York, Ed. Palgrave-MacMillan, 2007.

[1] Vid. W. Treadgold, 2007, p. 97; contra R. C. Blockley, 1981, p. 48, quien considera que éste Maximino y el embajador a quien acompañó el propio Prisco posteriormente son dos figuras distintas, puesto que la carrera del citado sería eminentemente civil y la de su amigo, por el contrario, militar.

[2] El extracto realizado corresponde a los fragmentos 10 al 15 de la Historia de Prisco. Para más información vid. Prisc., Fr. 10-15.

[3] Para más detalles vid. Prisc., Fr. 19; 26-27.

[4] Al respecto vid. Prisc., Fr. 28.1.

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